domingo, 19 de junio de 2011

La música como revulsivo

Comenzaba este blog a raíz de una necesidad propia de verbalizar un cambio interno muy intenso relacionado con mi búsqueda personal, y potenciado por mi maternidad. Y aunque el eje del mismo sigue siendo mi recorrido más íntimo, mis emociones y demás, hay otros muchos temas que me interesan y de los que me apetece mucho comentar mis impresiones, así que hoy estreno "sección": Otras cosas que me interesan. Una de ellas es la música; la música me evade, me transporta y me emociona, tanto que no me imagino el mundo, y más en concreto mi día a día, sin ella.

Y en concreto, en esta ocasión quisiera rendir mi pequeño y modesto tributo a la canción de autor, que a mi entender ha ido modificando su significado por los mismos cambios históricos, sociales e incluso industriales en cuanto a música se refiere, y según el contexto cultural y político. Fue a partir de los años 60, en este país, cuando los cantautores cobran más sentido que nunca a través de la "canción protesta", necesaria sin duda en una sociedad marcadamente reprimida y sometida a lo uniformado y clasificado como válido. Muchos ciudadanos de entonces encontrarían una válvula de escape y una expresión de aquello mismo que podrían sentir a nivel individual; creo incluso que fomentaría la solidaridad y unión entre las personas (la música siempre lo hace), pero en estas circunstancias, con más motivo y fuerza se aunarían las voces, los cantos y el sentimiento.


Y es que no importa el lugar, el ser humano está hecho indiscutiblemente de las mismas emociones, sean cuales sean sus orígenes y su contexto cultural. Ahora bien, la forma de expresión se hace rica en variedad precisamente por el mismo motivo. Así, y sintetizando mucho, la Nova Cançó en Cataluña, las Voces Ceibes en Galicia, el fenómeno musical en Euskadi a través de la recuperación lingüística, la Canción del Pueblo en la Meseta y el Nuevo Flamenco en Andalucía, tienen como denominador común el haber sido un punto de inflexión en una trayectoria musical que buscaba aire y servir de desahogo a una sociedad que agonizaba y que necesitaba un revulsivo y una esperanza de cambio. Por cierto, el franquismo ya se encargó de agenciarse la cultura del flamenco como algo propio, pero éste en realidad siempre fue el cante del pueblo aunque pareciese vendido al régimen.

Hoy día, el cantautor existe en mil formas, pero la industria de la música es diferente. Y no faltan motivos para la protesta, pero todo está como más diluido por la cantidad de oferta que hay. Leí en cierta ocasión que la música tradicional seguía siendo pasto de la burla simplista, y que la televisión alimenta más que nunca un modelo según el cual a la juventud se le considera como un colectivo de descerebrados que sólo sabe dar palmas ante un subproducto interpretativo que hace playback. No puede ser más real. Pero quedan rincones bellos; y autores con talento y público con el corazón abierto; sólo hay que saber encontrarlos.

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